EEUU: EL MOTÍN DE LOS OUTSIDERS

EEUU: EL MOTÍN DE LOS OUTSIDERS

El triunfo de Bernie Sanders, el senador de Vermont, en las primarias demócratas de New Hampshire, y el de Donald Trump en las republicanas en el mismo estado han confirmado un fenómeno que ya venía insinuándose desde hacía algún tiempo. La fiebre de los “outsiders”, es decir de los líderes que desafían con éxito a las jeraquías establecidas de los partidos y revolucionan la política con ínfulas de renovación presentándose como ajenos a ese quehacer desprestigiado, ha llegado con fuerza a Estados Unidos.
Es cierto que hubo brotes anteriores. Recordamos muchos, todavía, el caso de Ross Perot, el empresario que probablemente hizo posible la victoria de Bill Clinton en 1992 al privar al candidato republicano, el entonces Presidente George H.W. Bush, de votos conservadores suficientes para frenar al demócrata. Pero lo que ahora sucede tiene aires de algo más profundo, más extenso y más en sintonía con las variantes internacionales del fenómeno del “outsider” vistos en los últimos años –sería más propio decir: las últimas décadas— que los chispazos de “antipolítica” ocurridos en el pasado cercano.
Nadie en su sano juicio –y difícilmente alguien con el juicio enfermo— hubiera predicho hace nueve meses que Hillary Clinton estaría pasando los serios apuros que está sufriendo a manos de un senador de 74 años, desconocido para el gran público, que se llama “socialista” y casi no tenía un centavo en el cofre de campaña cuando arrancó.  Tampoco hubiese predicho que la figura histriónica y largamente asociada a la prensa del escándalo del magnate del “real estate”, Donald Trump, convertiría en poco tiempo en enanos políticos a figuras del Partido Republicano que llevan años preparándose para cazar a una presa que cada vez más parece inalcanzable para sus hambrientas fauces. Incluido un Bush.
Aunque hay especificidades múltiples en el caso del Partido Demócrata y en el del Partido Republicano, dos elementos son comunes a ambas familias políticas en esta hora de amotinamiento contra lo establecido. Uno es la crisis de 2008, la Gran Recesión, cuya secuela no termina todavía y que hirió profundamente la fe de millones de ciudadanos en el futuro de su país. El otro es la percepción de decadencia de los Estados Unidos, puesta de manifiesto en muchas áreas, desde la económica, donde el desplazamiento de la gran manufactura estadounidense a manos de competidores extranjeros parece una confirmación de los peores temores, hasta la política exterior: se suceden los  desplantes y amenazas de gobiernos y organizaciones que no parecen tener por Washington el respeto debido, a ojos del estadounidense del montón, a una superpotencia.
Todo ese revoltijo de sensaciones e intuiciones angustiosas en un país que ha perdido productividad año a año ha venido acompañado de un liderazgo político más bien mediocre en ambos partidos a lo largo de los años. Inevitablemente, los políticos más emblemáticos de ambos partidos han concentrado una parte del repudio ciudadano. Pero puede irse incluso más allá y decirse que las organizaciones mismas han pasado a ser recusadas por sus bases porque se las asocia con la decadencia, y sobre todo con lo que mucha gente considera responsable de esa decadencia: el contubernio de la alta política, las altas finanzas y la gran empresa, en perjuicio de la clase media.
Aunque esto último parece más propio del votante demócrata, la izquierda estadounidense, que del votante conservador, lo cierto es que se trata de un sentimiento muy profundamente arraigado también entre los republicanos de a pie, según recogen los famosos “exit polls”, en los que se pregunta a quienes ya han sufragado una serie de cuestiones para dibujar su perfil como votantes.
Tanto demócratas como republicanos, además de los independientes, creen que el largo proceso electoral es el mecanismo de transmisión adecuado para hacer sentir a las grandes construcciones políticas del país el verdadero sentimiento popular. A diferencia de otros lugares, donde los mecanismos han incluido la acción callejera y hasta la violencia, en Estados Unidos es en el campo electoral donde se está manifestando la indignación.
Ello ha “hermanado” los fenómenos de Bernie Sanders y Donald Trump, dos seres tan distintos: ambos tienen un éxito desproporcionadamente grande entre votantes de bajos ingresos. En Iowa, Sanders derrotó a Hillary Clinton por 67 puntos entre quienes ganan menos de 30 mil dólares al año; en New Hampshire, por 70 puntos. En el caso de Trump, todas las encuestas indican que los votantes “blue-collar”, como se conoce al obrero o empleado de bajos ingresos, y los votantes sin grado universitario son su gran bastión.
Es cierto que estos dos líderes se dirigen a ese público con un discurso muy distinto, en ambos casos populista pero de signo divergente: Sanders les habla de una revolución contra la alianza de billonarios y grandes empresarios aliados a políticos tradicionales que han inclinado la balanza contra la clase media. Trump les habla en tono xenófobo y proteccionista de parar la inmigración ilegal, “hacer otra vez grande a Estados Unidos”, parar la competencia desleal, y derrotar a los “intereses especiales”, como se conoce en Estados Unidos a los grupos de influencia.
Sería un error, sin embargo, circunscribir el fenómeno a ciertos grupos económicamente desfavorecidos. Ya hay síntomas de que, aunque allí es donde primero caló el mensaje de ambos candidatos, el atractivo se ha ampliado. Por ejemplo, Sanders ganó en todos los condados de New Hampshire, un estado donde la media de ingresos anuales supera los 65 mil dólares. Hillary sólo derrotó a Sanders entre los votantes de más de 65 años y que ganan un mínimo de 200 mil dólares al año, lo que quiere decir que los votantes que ganan entre 100 y 150 mil dólares al año se inclinaron por la “revolución” del senador de Vermont.
Trump también ha desbordado el perímetro de su base original. Obtuvo la victoria en todos los condados de New Hampshire a pesar de que es un estado con una media de ingresos superior a muchos otros y a pesar de que el porcentaje de personas con un grado universitario es alto en comparación con estados más modestos, como Iowa.
Esto no debería extrañar. Los fenómenos populistas basados en figuras que representan al “outsider” tienden a empezar como un asunto circunscrito a un determinado grupo demográfico y luego van mordiendo carne en otros grupos, hasta convertirse en una coalición popular variopinta. Todavía está por verse si Sanders podrá atraer hacia su figura a dos grupos que le son hasta este momento muy ajenos y sin cuyo respaldo le será imposible derrotar a Hillary Clinton: los afroamericanos y los latinos.
Es siempre simplista y engañoso hablar de grupos demográficos tan amplios como esos, dado que los votantes son individuos y no sufragantes colectivos, pero no hay duda, si se ven los estudios y sondeos, de que Sanders es por ahora un fenómeno más bien del noreste blanco. Su gran desafío, a partir del 1 de marzo, cuando en el “super martes” millones de personas vayan a votar en las primarias demócratas en muchos estados simultáneamente, será lograr algo parecido a lo que consiguió Obama en 2008: integrar bajo su coalición de votantes a las “minorías” (antes de esa fecha habrá una votación en Nevada).
También Trump tiene un reto  de cara a las próximas primarias: conquistar al votante más tradicional y al votante conservador con cierta tendencia ideológica, los dos grupos que hasta ahora se le resisten, los primeros porque no lo ven capaz de conquistar al gran electorado nacional en noviembre, cuando le toque enfrentarse a la candidatura del partido demócrata, y los segundos porque temen que esté a la izquierda de ellos. Esto último es algo que algunos de sus rivales republicanos, y muy especialmente Ted Cruz, el cruzado conservador de Texas que ha obtenido buenos resultados hasta ahora, apuntan con insistencia para tratar de socavar su respaldo o frenar su expansión.
Se basan para ello en un libro, “The America We Deserve”, publicado por Trump en 2000, en el que el actual candidato dice de sí mismo: “Soy un conservador en la mayor parte de las cosas pero un liberal en el tema de la sanidad”. Utiliza allí el término “liberal” no en su acepción clásica sino, o poco menos, como sinónimo de izquierda. A lo que se refiere Cruz es as que Trump estaría a favor de un sistema centralizado, es decir estatal, de sanidad, a la usanza europea o canadiense, algo que es un anatema para muchos norteamericanos.
Trump ha rechazado esta “calumnia” y ha dicho muchas veces que derogará “Obamacare”, la reforma sanitaria del actual Presidente que no estatizó el sistema pero sí introdujo una garantía estatal para la cobertura de millones de personas que no la tenían (es muy cuestionada por sus costos y su gestión). Independientemente de ello, subsiste la duda: ¿podrá Trump conquistar al conservador de cepa? Esto podría no ser determinante en una elección general, anque no lo ayudaría nada que los conservadores se quedaran en casa, pero creer que se puede ganar sin votos conservadores tradicionales las primarias republicanas es estirar demasiado la hipótesis de lo posible.
Dos reflexiones finales, más bien relacionadas con los demócratas. Es evidente que la era Obama ha supuesto un desplazamiento del partido hacia la izquierda. Mucho de la base se sintió defraudado con Obama por no acentuar aun más las reformas “liberales” (intervencionistas);  la palabra “progresista” empezó desde el primer año a adquirir la connotación de una contraseña entre iniciados: eran los del club de los auténticos “liberales” que se sentían tradicionados.
Esa cofradía pasó a ser una base ancha y hoy se nota el cambio: 7 de cada 10 votantes demócratas de New Hampshire se definen como “liberales”; en cambio, en 2008, el año en que ganó Obama los comicios, 56 por ciento de ellos adoptaban esa etiqueta como suya. Obama ha sido una fábrica de progresistas que buscan al auténtico revolucionario: allí es donde Sanders tiene una ventaja sobre Hillary Clinton, a quien se percibe como parte del “establishment” demócrata y de la excesiva cercanía entre política y finanzas.  Los pagos que ha recibido de Goldman Sachs y las donaciones que han ingresado a la fundación de los Clinton provenientes de gobiernos y de empresas que tenían asuntos pendientes en Estados Unidos cuando ella era Secretaria de Estado son materia cotidiana de debate en los medios. Como lo son los correos electrónicos que envió desde –o recibió en- sus cuentas personales de “email” cuando era Secretaria de Estado.
Lo otro tiene que ver con el feminismo. Hillary Clinton ha usado a dos feministas legendarias y de más de 80 años cada una –Gloria Steinem y Madeleine Albright- para apelar al voto femenino. Pero la respuesta de New Hampshire fue contundente: las mujeres votaron por Sanders. Esto da una idea de lo poderoso del fenómeno del “outsider”…aunque está por verse si tiene capacidad de propagarse en el sur profundo.

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